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Sigo viajando. Ahora estoy por la Patagonia y en breve sigo con los posts.

lunes, 29 de agosto de 2016

El arte de perder el tiempo


Esto no es parte demi viaje ni una experiencia propia, es un escrito que hice para un taller. Creo que hay muchas manera de perder el tiempo, y día a día y de algún otro modo, se pierde. Cuando no hacemos lo que queremos o cuando no decimos lo que sentimos o decimos lo que pensamos son diferentes maneras, también de perder el tiempo. Quizás te ayude a reflexionar, y quizás, es hora de comenzar a disfrutar del valioso tiempo en lugar de desaprovecharlo.


Se trata de un ejercicio que consiste en no hacer rendir el tiempo. Es decir, por ejemplo, desperdiciar un día entero . Parece difícil pero no lo es,  sino todo lo contrario.  Lo primero que hay que hacer para que funcione, la regla número uno, es acostarse tarde el día anterior y cuando digo tarde, me refiero a las cinco o seis de la mañana ( tiempo en el que obviamente no estuvo haciendo nada productivo).
Por supuesto que al día siguiente, o, mejor dicho, ese mismo día se va a levantar tarde. Me refiero a las tres o cuatro de la tarde. Una vez que se levanta, tendrá que cocinar algo o tomar unos mates para hacer la previa al almuerzo-merienda que se hará ( supongamos el domingo).
Para hacerse unos buenos mates tendrá que estar un rato calentando el agua en una pava eléctrica o en la cocina. Si tiene la primera opción, como en la segunda, tendrá que llenarla de agua de la canilla, si es potable, creemos que si, y luego colocarla en el lugar correspondiente para calentarla.
Una vez que se caliente,  no la haga hervir porque sino tendrá que hacer nuevamente todo este proceso, tendrá que hacer el mate. Sí, después para poder desaprovechar más tiempo. Busca la yerba, que ya le queda poco ( menos de la mitad del paquete), sin prisas, que seguramente tendrá allí debajo de la mesada, pero falta aún el mate y la bombilla. Entonces tendrá que buscarlos, como no los ve a simple vista, deberá tratar de encontrarlos en algún lugar que no sea donde siempre los deja, pero como se levantó tarde y no recuerda donde lo puso el día anterior entonces lo busca por cualquier lugar menos el correcto. Hasta que recuerda, unos diez minutos después, que estaban en el mismo lugar de siempre. Ahí, en ese momento, ya perdió tiempo. Una vez que lo encontró, tendrá que enjuagarlo. Esto no le demandará mucho tiempo pero si lo suficiente como para calentar de nuevo el agua que se enfrió porque estaba en la jarra eléctrica.
Nuevamente ahí ya demoró cinco minutos. Una vez que está el agua lista, le pone yerba al mate y un poco de agua fría, para que no se queme ( eso ya lo sabe). Como toma el mate dulce, ahora debe buscar el azúcar. Pero esta vez sí recuerda que lo había dejado en la alacena del pasillo que va al comedor que luego va al dormitorio.
Ahora le  echa un poco de azúcar al mate y después el agua y ahora se lo lleva a la boca. Este proceso lo repite varias  veces hasta que se sienta llena, sólo de mate. Mira la hora y son las cinco de la tarde. Se acuesta en el sillón o en la silla y se pone a buscar algo en la televisión Como en la primera vez que busca o encuentra nada, ahí ya perdió unos diez o quince minutos, hace nuevamente el recorrido por todos los canales y sucede lo mismo. No hay nada en televisión, como de costumbre y más siendo un domingo. Entonces no sabe que hacer. Se pone en facebook y empieza a mirar las publicaciones de sus amigos. De pronto ve alguien en una playa con su pareja o así lo hace notar cuando lee “ Feliz con mi amor”. De repente usted se pregunta por qué usted no puede estar haciendo exactamente lo mismo, en el mismo lugar y con una pareja pero no encuentra la respuesta, entonces empieza a traumarse y a maquinar y no para y piensa que su vida es un desastre y que todo el mundo es feliz porque está de vacaciones o en un lugar paradisíaco disfrutando y usted está trabajando en un lugar nada turístico, sin playa y sin ver nada en la televisión.
Ahí, en su cabeza, mientras voló al lugar de las fotos que vio en el facebook de su amiga, perdió unos veinte minutos y ya son las seis de la tarde y aún no le dio de comer a la perra que la espera ansiosa y moviendo la cola afuera. El gato tampoco comió y sus maullidos fueron lo que la despertaron, sino seguiría durmiendo, pero como no le dio alimento al pequeño felino, aun se siguen escuchando sus voces que claman comida. Y ahí va usted, con muy pocas ganas, buscando la comida para la perra primero, porque es su mascota preferida porque no la molesta y es obediente y no le produce dolor de cabeza como el gato, a quien quiere castigar pero al final no lo consigue, porque sus maullidos son una tortura. Entonces hace cualquier cosa para callarlo, como darle de comer.  Pero esto lo hará después.  Ya alimentó a la perra. Ahora le toca al felino que no para de chillar. Ahí está debajo de la mesa y rozando su cola entre sus piernas, piel a piel porque su pollera no es demasiada larga. Y el no para. Se propuso eso hasta que no obtuviera su comida. Y por fin la tiene pero parece que no está del todo contento o no es lo que esperaba porque sigue rezongando. Y usted ya no sabe que hacer para callarlo, entonces lo saca afuera, por la puerta de adelante pero el se queda delante de la puerta reclamando. No para. Entonces lo entra  y le da algo de grasa de la heladera, ya cansada y con pocas ganas, le dice: más vale que te calles porque sino te tiro por ahí y no volves. Como si el la comprendiera, finalmente se calla. Parece que la grasa era suficiente porque no volvío a abrir su boca. Entonces el gato se recuesta en el piso y se relame  su lomo. Usted lo mira y sabe que cumplió su cometido. Al fin, se dice para si.  Ahora falta ver en que gasta el tiempo lo poco que queda del día, porque ya son las siete y, por suerte, hoy no vino nadie a visitarla.
 En la televisión no hay nada, en facebook son todos felices, en la radio pasan sólo música, ganas de salir no hay. Ya alimentó a las mascotas, ya tomó mate y ya son las siete y media de la tarde. Entonces tiene que pensar qué cenará esta noche. Pero como no tiene ganas de cocinar, no piensa. Y se acuesta en la cama y ahí  otra vez se dice para si misma porqué está ahí y no en la playa pero, como siempre, no tiene respuesta.
 Entonces se levanta y  come unas masitas que había dejado arriba de la alacena. Están un poco duras porque ya tienen varios días y la bolsita estaba abierta.  No tiene mucho hambre pero está aburrida, entonces sigue comiendo y piensa en lo que tiene que hacer el día lunes, que es ir a trabajar, pero que no tiene ganas.  Se queda pensando en eso diez minutos mientras con el pulgar de la mano derecha se deja caer  sobre el hombro un mechón de la blanca y larga cabellera y cuando mira el reloj,  que tiene colgado en la pared, ve que son las ocho de la noche. A todo esto no sabe que va a cocinar para la cena pero no se preocupa, es temprano aún. Ya no piensa más en las fotos. Ahora  ocupa su mente en la escasez de ganas de trabajar el día lunes. Decide volver a encender la televisión, tal vez ahora encuentre una buena película, piensa, pero luego de hacer zapping por todos los canales no se decide por ninguno y lo apaga. Ya son las ocho y media.
La perra quiere entrar a la cocina pero no la deja. No tiene ganas de alimentarla nuevamente. Entonces sigue rasguñando la puerta y usted hace como si no la escuchara. Enciende la radio y se pone a escuchar una melodía que estaba sonando, que la hace regresar en el tiempo, allá por la década de los 70´ cuando aún no tenía tantas obligaciones como ahora. Se queda pensativa como si  la música la hubiese  transportado a aquélla era. Ahora la tararea porque es una canción que le gusta y le trae bellos y reconfortantes recuerdos de sus épocas de adolescente.  Pero se acuerda enseguida que el hambre aflora pero no sabe ni decidió aún que cocinará. Es una incógnita incómoda porque nunca le gustó cocinar. Tampoco quiere llamar al delivery porque no le gusta la comida preparada. Salvo la de Juan, el chico que está al lado del hospital, el resto no tiene sabor a nada. Entonces, y pese a su apatía por la cocina, se hace la comida usted misma. Lo único que tiene son dos papas, una zanahoria, una cebolla y un tomate. Como es domingo, los bolivianos tienen cerrado.
Busca las verduras debajo de la mesada, las lava y las pela a todas salvo el tomate, y las pone en la olla que estaba sobre la cocina. Llena la olla, prende el fuego de la hornalla y la tapa. Sigue escuchando la radio que continúa con música, ahora suena Elvis Presley, le levanta el ánimo y casi hasta ganas de bailar tiene pero como recuerda que no sabe bailar no lo hace, no se quiere avergonzar ante su propia presencia.
El agua hierve pero las verduras aún están crudas. El verano del 92’ le dibuja en el aire la melodía de una letra que sabe y a la que acompaña con su voz. Mientras, la perra sigue queriendo entrar pero la ignora. Nunca se puso a pensar para que tiene mascotas si no les da el cariño, el espacio y el tiempo que se merecen. Esa y otras preguntas nunca se las hizo ni se las hará.
Busca un plato, un tenedor y un pedazo de pan. El vino tinto de caja está en la heladera pero no muy frío. Lo pone en la mesa. Cuela el agua de la olla y sirve las verduras en el mismo plato que sacó. Come lentamente porque el vapor que sale es abundante. No se quiere quemar y tampoco hay apuro. Se lleva el vaso de vino a la boca, lo saborea como si fuera un buen vino. Corta con la mano un poco de pan, que es de ayer, porque no tenía ganas hoy de ir a la panadería y lo mastica, también despacio. El segundo trago largo de vino ya pasó por la garganta. Ahora a comer. Aún está caliente pero no tanto. No tiene sabor a nada porque se olvidó de ponerle sal. La va a  buscar, no la encuentra en la alacena ( donde se suponía que tenía que estar ) y se queda pensando por un instante donde la dejó. Unos minutos después recuerda que la había dejado en la punta de la mesa pero, como no miró para ese lado antes, no la vio.  Agarra la sal y esparce un poco sobre las verduras. Ahora, al menos, no están desabridas. Come una papa, luego la zanahoria y la cebolla. El tomate quedó ahí mismo donde lo había dejado. No  tuvo ganas de hacer una ensalada. Terminó de cenar y ya son las nueve de la noche. Deja el plato y el tenedor en la pileta junto a la olla para lavar pero no lo hace.
Va a la heladera en busca de algo más pero está vacía. Sólo medio limón. No fue al supermercado hoy ni ayer, tampoco antes de ayer. No tenía ganas. Con cara de poca felicidad va a la habitación, quiere buscar la ropa para mañana para trabajar, como siempre hace, porque se levanta temprano y de malhumor pero se recuesta sobre la cama. El reloj suena y marca las siete de la mañana. Hora de ir a trabajar.

Tiempo de reflexión


En estos años que llevo viajando, creo que he reunido cierta experiencia. Como ya he contado varias veces, he pasado cosas buenas y malas, de las malas aprendí más.Antes de estas, confiaba en todo el mundo y me parecía que nada podía pasar.
*Por ejemplo, que no hay que confiar en todo ni en todos.
*Que andar sola de noche, o de día, no siempre es conveniente.
*Que hay que elegir lugares y gente con las que interactuar, no todo es bueno y sirve.
*Que couchsurfing es un muy método para ahorrar en hospedaje pero hay que leer siempre las referencias,  aún leyendolas a veces fallan porque no todo es lo que parece ni todo es como dicen que son, también sirve, siempre,  tener un sexto sentido.
Ya con ganas de tener nuevas aventuras y visitar nuevos lugares, encontrarme con culturas diferentes, ver algo que me deslumbra o sorprenderme sin esperarlo, escribo algunas cuestiones que me parece hay que considerar a la hora de viajar y sola.
No es lo mismo escribir después de un tiempo de viajar y estando en un lugar quieta que escribir y estar en el mismo lugar y contarlo fresco, como cuando sacás el pan del horno calentito y te lo comés o, en cambio, comés pan desde hace días y tiene otro sabor. Bueno así es escribir después de varios días, por no decir meses de no agarrar la computadora y ponerme a tipear.
Extraño viajar y mucho pero, por otro lado, estaba cansada, y sigo estándolo, de cambiar de lugar a cada rato, de no tener mi lugar, mi espacio.  Aún no lo tengo pero voy en busca de ello pero se que será temporal porque se que en un tiempo, no muy lejano, voy a tener ganas de seguir viajando. Claro que los años pasan y con ellos las ganas de viajar de un modo u otro cambian.
No creo que me canse de viajar mochileando con la mochila para todos lados, lo que quizás me canse es de hacer dedo, chupar frío o calor. No me puedo anticipar a los hechos ni hablar de algo que no ocurrió pero con los últimos viajes hechos por el país disminuyeron mis ganas de hacer dedo.
No se si les conté pero en el viaje por la Patagonia, que me llevó casi seis meses (volví nuevamente hace poco al sur) agarré sólo dos colectivos. Me fui hasta Ushuaia haciendo dedo. Sí, por eso me cansé un poco. Fueron miles y miles de kilómetros pero ya volviendo  con tantas cosas, dos mochilas y no de viajeros, dos bolsos y una valija con una rueda menos más una cartera, era muy dificil trasladarse. De hecho lo hice en Bolivar pero fue por un episodio particular y estaba fuera de si, ya les contaré en otro momento.
Los tiempos cambian y también las ganas de hacer unas cosas u otras. También la paciencia.
Es hora de descansar, aunque descansar de  una manera diferente, trabajando en la docencia, algo que nunca me hubiese imaginado pero como bien dice el dicho " nunca digas nunca".  Cuando hablo de descansar me refiero a parar de viajar momentáneamente pero planificando o pensando un nuevo viaje a un corto o mediano plazo.


Un lindo atardecer 

Haciendo lo que más me gusta en Gaiman

Atardecer en Las Grutas

Pirámides
 

Las grutas

domingo, 22 de mayo de 2016

Paréntesis


Estuve desaparecida, pero no del todo, haciendo otras cosas. Momentáneamente dejé de viajar, por un lapso que aún no sé porque depende de algunos factores. El clima, el ambiente laboral y social, posibilidades de crecimiento profesional, nivel de vida  son algunos de ellos.

Mi objetivo cuando decidí viajar por la Patagonia fue llegar hasta Ushuaia y así fue. Estuve en el fin del mundo alrededor de una semana, recorrí lugares y conocí algunas personas con las cuales hoy no tengo contacto. Me gustó mucho la ciudad ( y empecé a escribir un post sobre eso que tengo que terminar) pero el frío hizo que no me decidiera a establecerme por un tiempo allá. Seguí viajando, siempre a dedo, y volví a visitar algunos lugares donde ya había estado y otros, los menos, en los que no. Fue así que llegué a la capital chubutense y a una playa que se encuentra cerca, Unión.

Mi objetivo primero del viaje era recorrer a dedo la fría Patagonia, visitando lugares como Bariloche, Villa La Angostura, San Martín y bajando hasta algunas ciudades de Santa Cruz como Calafate y Chaltén, donde lamentablemente perdí varias fotos del teléfono porque se me mojó en uno de los paseos que hice a los diferentes senderos.

El otro objetivo era descansar del viaje ( porque estaba cansada de hacer dedo y cambiar de casa cada dos o tres días ) y quedarme en un lugar con playa a trabajar como periodista. ¿Algo muy difícil? No sé, pero quizás no fácil por el medio agreste en el que se vive, no lo digo sólo por el frío, sino más bien porque el periodismo vivencia, en menor o mayor grado, un machismo implícito y poco disimulado que no es nada apetecible. ¿ Por qué digo esto? Porque actualmente lo estoy viviendo de algún modo. Quizás mucha gente no hable de ello por miedo, por timidez, por inseguridad o por vaya a saber que motivo. Yo no voy a ocultar, porque mis valores no me lo permiten, una verdad, le guste o no a quien sea. Me pueden llamar chocante,que no le gusta mi personalidad o hasta indiferente o la tontería que sea pero no voy a dejar de ser ética  por agraderle a quien sea y no voy a permitir la falta de respeto o educación.

Que te digan " No podés hablar mal del gobernador" es algo que me choca, no porque quiera o tenga argumentos para hacerlo sino porque transgrede la función del periodismo, que, entre sus funciones, es la de informar más allá de que perjudique o no la figura de alguien.  Obviamente me van a decir que esto pasa y mucho, que hay que adecuarse a las  políticas del medio, que bla bla y bla pero para mí es difícil de aceptarlo y a esto voy cuando hablo de que es un medio agreste porque pasa en todos los ámbitos y es patético.


Esto, aunque no parezca, es parte del viaje. ¿Por qué? Porque aún sigo aterrizando, aún sigo pensando que en algún momento me voy a ir, porque aún sigo pensando que no tenemos raíces para aferrarnos a un lugar y sí alas para volar si ya no podemos estar bien o querer vivir en un lugar. No existe el lugar perfecto, lo sé, y lo dije varias veces y estarán de acuerdo o no. Con esto no quiero decir que lo vaya a encontrar, quiero decir que hay que tratar de estar de la mejor manera posible ( hasta me suena raro cuando lo digo pero es así).

Ahora, momentáneamente y no se por cuanto tiempo, porque nunca lo sé, voy a parar un poco de viajar físicamente aunque siquica y mentalmente siempre lo voy a hacer.  Estoy en una etapa en la que necesito dedicarme a la carrera que tanto tiempo me llevó, en la que quiero hacer otras cosas. Por ahora es esto, después se verá.



jueves, 17 de marzo de 2016

El peligro de viajar siendo mujer...y sola


¿ Viste cuando tenés tantas cosas o tantas sensaciones encontradas que parece como que vas a estallar por hablar o descargarte? Bueno, eso. Viajes, caminos, kilómetros, gente distinta todo el tiempo, lugares diferentes, camas diferentes, cocinas diferentes, puertas diferentes, ventanas diferentes, olores diferentes, voces diferentes.Tantas experiencias acumuladas cuestan compendiarlas en unas pocas líneas y más cuando hay varios sentimientos en el medio.


 Quizas llame la atencion el titulo porque siempre hablo de todo lo contrario, no es que haya cambiado de opinion ni mucho menos pero siempre existen los riesgos. En todas partes, en todos lados pero  viajando se esta mas expuesta.  Me cansa, me jode, me molesta, me pone nerviosa tener que escribir esto porque el mundo ya no es el que era.

Cuando una persona que recién conozco me cuenta que está casado hace 37 años y que tiene tres amigovias que conoció por internet y que una tiene quince años menos, otra la misma edad, y que está casada, y que la tercera le lleva trece años ahí, en ese momento, se me pasa el temor que leo en los diarios o en las redes sociales y pienso en lo interesante que sería contarlo.

Otro me comenta que tiene cuatro hijas, la más grande de 25 años y la más chica de seis meses y que luego de estar separado con su primera mujer la tuvieron en dos encuentros amorosos y a escondidas, estando con la esposa actual que lo perdonó en las dos oportunidades. Ahí en ese instante me gusta viajar sola.

No es lo mismo esperar ( haciendo dedo) diez, quince, veinte o treinta minutos sola que una o dos horas con alguien. Claro que no.

Cuando tengo que esperar a alguien para ir a dar una vuelta, ir a caminar a la montaña o para comprar algo para comer, pienso que viajar sola es una buena idea.

No cambio, y no creo que lo haga en algún momento, el riesgo, la aventura, la posibilidad del peligro por la compañía de alguien que me puede dar la idea de andar más segura.

No voy a negar que a veces no se siente una sensación de inseguridad, de amenaza, de estar cerca del peligro o de riesgo ( aunque esto pasa muy seguido en diversos lugares y no necesariamente viajando) ,pero sigo eligiendo independencia, libertad antes que dependencia.

El hecho de viajar sola no da o no tiene que dar la posibidad a otra persona, que en la mayoría de los casos es hombre, de hacer algo que la persona que viaja, en este caso yo, no tiene ganas. Esto parece más que obvio, y hasta ridículo, pero no lo es. Si no no existirían los casos de violación, secuestro y demás que se conocen.

Y ahora aclaro que en realidad nunca estoy sola. Cuando me encuentro con el chofer que me cuenta acerca de su familia; cuando voy a la casa de alguien como couch; cuando camino en la calle; voy a un hostel o cuando como. Nunca estoy sola. A veces conozco gente muy interesante, interesante y otras no tanto.

Pero la cuestión en este post pasa por otro lado. Muchas veces he oído una frase que encierra palabras de aliento, asombro, hasta de piedad y compasión al mismo tiempo.
"Que valiente sos para hacer dedo sola, yo no lo hago ni loca".  Quizás algo de verdad
exista detrás de estas palabras. Muchos se preguntarán por qué lo hago. La respuesta es más que una, y hasta sencilla.

 En primer lugar no implica inversión monetaria (aunque en este mismo momento puedo intuir que alguien pensará que a veces lo barato sale caro, y en algunos casos es verdad). En segundo lugar, conozco gente. En tercer lugar, me aburro de los colectivos y viajes largos porque son monótonos y, por último y  si no me olvido de algo,  se me hace más corto el trayecto porque no hay paradas interminables o entradas a pueblos a buscar gente y porque me cuentan historias increíbles, que no necesariamente tienen que ser ciertas pero si interesantes de contenido.

No te voy a negar que cansa. Sí, y mucho. Pero creo que en la  vida todo cansa. Todo lo que se haga en exceso, sin motivación y sin ganas. No estoy diciendo que es lo que me está pasando, sólo digo que hay cosas que cansan. Como cansa la rutina del día a día, cansa, por momentos, viajar todo el tiempo. Pero es un cansancio placentero porque hago lo que decidí hacer y porque lo elegí, no me puedo quejar, y si me canso paro.

Lamentablemente no vivimos en un mundo ideal, suponiendo ideal un planeta donde no existe el peligro ni la corrupción ni los tipos babosos ni la pobreza ni las drogas ni la lujuria ni los locos sexópatas o pajeros. La realidad es muy distinta y, se quiera o no, hay que aceptarla. ¿Pero que se puede hacer? ¿ Dejar de viajar por miedo a que pase algo? ¿Dejar de elegir independencia y soledad por ir "más segura" con alguien? ¿Renunciar al sueño de conocer culturas y gente diferente por estar más estable en un lugar? ¿Seguir en el mismo lugar de trabajo estresado e infeliz porque te da de comer y abandonar la idea de que podemos ser creativos y trabajar de diferentes cosas en el viaje?

No. Yo no quiero hacer ni elijo hacer eso. Elijo  viajar sola y la posibilidad de no depender de nadie ni de nada, con el riesgo que eso conlleva.




miércoles, 17 de febrero de 2016

Otro Viaje




Hace mucho que no escribo, eso no es novedad, todos lo saben. Lo que no saben es donde estoy o que estoy haciendo. Sigo viajando, si, no se hasta cuando. Quizás hasta cuando decida que es el momento de parar ( momentaneamente), que puede ser dentro de no mucho tiempo pero tampoco mañana. No quiero dejar de viajar. Eso está claro. Pero tampoco quiero hacer dedo toda mi vida.

No quiero tener que aguantar a un gordo maleducado que fume marihuana y que cuando suba me pregunte, ironicamente:"¿ Te molesta que fume? o que me diga en el medio de la nada de la ruta 3: " Flaca, te dije que fumaba, no me rompas las bolas". No, no tengo ganas de aguantar a un tipo así, no tengo ganas ni necesidad. Pero el otro día, el domingo, no quería quedarme a las ocho de la noche en le medio de la nada, y siendo, educada, le dije que se había ido al carajo con lo que dije ( que casualidad, ahora estoy en un bar que se llama así, enfrente del mar).

Siempre respeté y me gusta que la gente haga lo mismo, es lo mínimo. Pero algunas personas no entienden el significado de mínimo. Ni siquiera de respeto y menos de educación. Eso lo viví el domingo. Ah...¡ pero no les dije aún que estaba haciendo y donde estaba! Bueno, ahora mismo estoy en el sur de Argentina, en Santa Cruz, y sigo viajando, eso se los había dicho. Hasta cuando no se. Pero sigo haciendo, lo que por ahora, quiero.

Salí ( mos) el 27 de diciembre, y después de un largo, rebuscado y sinuoso camino estoy en el sur. Era una deuda pendiente, no podía ir antes a otro continente sin conocer bien primero mi país. No era posible ni justo. No quería, básicamente.

En este viaje me han pasado muchas cosas buenas, y otras no tantas, pero lo interesante es poder contarlo y aprender, como siempre digo, de las cosas menos lindas. No me canso de viajar, creo que nunca voy a hacerlo, pero sí me cansan algunas otras cosas como hacer dedo, por ejemplo. No es que me canso de que me digan: "Tené cuidado", o " Que valiente sos", o " Que ovarios tenés". No, eso no me cansa. Lo que me aburre es, a veces, tener que esperar en el viento, en el calor o en el frìo  hasta que alguien tenga ganas de frenar y preguntarme a donde voy y quiera llevarme. Me cansa, tambièn, tener que hablar por hablar o responder algunas preguntas como: " Hasta donde vas?" o "Qué estás haciendo"?, es decir que me pregunten siempre lo mismo. Eso sí me cansa. 


Como decía, el domingo tuve un día complicado. Y estoy cansada de los días complicados. Hoy también. Pero ya hablaré de hoy en otro post. Siempre hay días buenos y días no tan buenos. Es normal. El domingo salí de un pueblo llamado Rada Tilly, si es muy raro el nombre, que está a unos quince kilómetros de Comodoro Rivadavia. Es como un barrio bonito y acomodado con mar de esta enorme ciudad petrolera,  poca prolija y poco turística.

Salí a hacer dedo antes de las diez de la mañana. Hacía calor y tenía muchas horas de viaje, más de seis. Caminé unas doce o quince cuadras más o menos, algunas cuesta arriba, hasta que paró una camioneta doble cabina. Era un matrimonio de unos 58 años cada uno. El viaje fue corto, una hora, la distancia eran menos de sesenta kilómetros. Se hizo entretenido y amenos porque veníamos conversando, tomando mate y comiendo unas galletitas-tortitas-tostaditas o algo así. Eran de Comodoro e iban a pasar la tarde a la casa de  la madre de ella. Fueron amables y en lugar de dejarme en la primera estación de servicio, pasaron por toda la ciudad y me llevaron hasta la que está en la salida. Cuando llegué no había mucho tránsito así que me fui a la rotonda. Pasaron varios autos pero no paraban hasta que frenó una camioneta, el tipo me dijo que iba a Las Heras, que está a unos 120-140 kilómetros de donde estaba. Le dije que iba a Puerto San Julián y me dijo que agarraba la ruta 12, que me quedaba de paso para donde yo iba y que después la enganchaba, a la ruta 3, que era la que tenía que tomar. Antes de subir le pregunté si estaba seguro que después podía continuar con mi camino, me dijo que si. Le creí, confié.

El recorrido fue, algo, ameno. El tipo es supervisor en una empresa minera. Es de San Luis y estaba viviendo en Caleta Olivia desde hacía ocho años. Me contó que estaba de novio y que su novia vivía en Comodoro. Le conté un poco sobre mi viaje, pero no tanto, porque ya me aburro de contar lo mismo. El viaje duró casi dos horas. Cuando llegué a la YPF y pregunté a algunos autos si iban para donde yo iba me dijeron que no estaba en el lugar correcto. Ahí me acordé de toda la familia del tipo. Entré a preguntar y ver el mapa, y claramente estaba mal ubicada. Había confiado y fue un error. No debería haber subido o debería haber tenido el mapa mentalmente correcto pero no fue así y el "tendría que" no sirve. Nunca entendí porque esta persona hizo lo que hizo, ni lo entenderé.

Me crucé y un camión paró.Le conté lo que había pasado y tampoco entendí. Entre mates, galletitas y charla se pasó el camino. A las dos horas estaba en el punto de partida, donde me habían dejado. Había perdido cuatro horas pero ya no podía hacer nada, renegar y quejarme era inevitable pero fue en vano. Después de una media hora de viento y bronca, paró un camión, detrás de este también había parado un auto. Era la mujer. Apenas asomé la cabeza para decirle donde iba vislumbré un gordo con un gorro azul y amarillo y una camiseta del mismo color. -¿ " De boca"?, le dije. Pero no había visto bien, era de Rosario Central. Ya la charla-conversación no había empezado bien.

Apenas subí, y después de decirle donde iba ( lo mejor de todo el viaje fue que iba al mismo lugar que yo),  me quedaban 350 kilómetros que fueron los más insoportables que recuerdo, me preguntó: ¿"Te molesta que fume"?, no, le dije, pensando otra cosa. Al cabo de unos minutos encendió un porro. Mi cara, seguramente, lo dijo todo, como siempre. Bajé el vidrio, estaba incómoda y el tipo se dió cuenta. "Flaca, te dije que fumaba, no me rompas las bolas",  me dijo el hombre que, aparentemente, no tuvo mucha educación. Por un momento dudé entre contestarle, bajarme en el medio de la ruta y en el medio de la nada o callarme. Primero elegí la última opción. Si le contestaba lo iba a mandar a la mierda y no era quedarme a las ocho de la noche en el medio de la nada y después de más de diez horas de viaje. Respiré profundo, me di vuelta, me puse los anteojos e hice que me dormía. Después de un rato el calor era insoportable. Tenía que dejar de hacerme la dormida para no hablarle porque tenía que bajar el vidrio y correr la cortina. Da vueltas el aire y me pregunta si me llegaba frío, el contesté que no, lo seguía moviendo y le decía que no. Le dije que prefería el aire de la naturaleza. Estaba molesta y lo hacía notar. Luego de unas horas de viaje le dije, educadamente, que no era adecuado lo que había dicho y que yo pensaba que era cigarro y no marihuana. Nunca me había pasado de encontrarme en una situación similar. Siempre hay una primera vez para todo. La charla no fue amena pero un poco más que hacía un par de horas.

La estación de servicio fue el punto de inflexión donde debía decidir si seguía o continuaba en otro vehículo. El viento, el cansancio, las pocas ganas de mover las mochilas nuevamente  y las ganas de llegar hicieron que permanezca en el mismo transporte. Ya quedaba poco para llegar.

Segunda parte en camino...



Cascadas en Villa La Angostura.

Parque Los Alarces, Esquel.

Montaña y ruta.

Parada en  el camino en Villa Traful






martes, 8 de diciembre de 2015

Ideas para no aburrirse en el supermercado



Este post no tiene mucho que ver con el viaje, o sí. No sé. En realidad todo tiene que ver con todo en esta vida. Somos parte de un todo. Es un post algo más corto porque quiero escribir sobre cosas cotidianas pero esto también me pasa cuando viajo, cuando voy a un supermercado en otro país. Es como una guía, por así decirlo, de no volverte un hongo mientras comprás. A mi me pasa que me aburro muchísimo ir al super, no sólo por el gasto ( aunque es una inversión) sino por hacer la cola cuando hay mucha gente, es lo que más detesto, y también la duda que me ataca en qué comprar y qué no.

Básicamente creo que lo mejor es:

-Ir con auriculares y escuchar música up o que te levante: a ser posible rock del bueno, tipo Soda Stéreo, Charly García o hasta Cold Play ( algunos me dirán que esto te aplasta pero a mí me gusta).

-No concentrarse demasiado en los precios: Es decir, mirarlos una vez y comparar, pero no obsesionarse con eso, como a mí me pasa, porque te terminás estresando porque querés ver un precio más barato y todos los demás están más caros.

- Si estás en otro país, sacar fotos: Me pasó varias veces que veía productos como verduras o frutas, entre otros, que eran sumamente raros en cuanto a textura, modelo o color y me quedaba un rato mirándolos y les sacaba fotos. Esto hace que no sea tan aburrido o monótono la ida ( a mí me funciona).

-Agarrar un carrito: Esto en realidad nunca lo hago porque pienso que no voy a comprar demasiado y que mis brazos tienen super poderes y puedo llevar todo, pero al final, termino dejando algo o agarrando un carro.¡ Ojo! que el tener este vehículo te puede impulsar a la compra excesiva y terminaar gastando más de la cuenta. Hay que ser medido.

-Llevar previamente una lista con las cosas que necesitás comprar: Esto ayuda a no perder tiempo y hacer más llevadero la búsqueda del producto.

- No ir en horas pico como al mediodía o después del trabajo, entre 18 y 20 horas. Estará lleno de gente y muy desgastante.

- Aprovechar las ofertas: siempre hay 2 x 1 o alguna promoción que vale la pena.





Estas son algunas ideas para no aburrirme tanto, no quiero decir que la pase genial cada vez que voy a comprar pero al menos algo más llevadero.


martes, 24 de noviembre de 2015

Siempre se vuelve pero no del todo...(Segunda parte)


Era hora de cambiar de lugar, de ambiente  y de entorno.El desierto era el próximo destino, breve, pero destino al fin. Huacachina me recibió con un calor imponente, a unos diez minutos de la ciudad de Ica, es una pequeñísima población donde su único, e interesante, atractivo es el oasis que lleva su nombre. Al llegar lo primero que hice fue dejar mis tres mochilas en la oficina de la combi que me llevó de Paracas hasta ahí donde una señora no muy simpática me dijo que las podía poner en una esquina, al lado de las computadoras. Me cambié la camiseta, me puse las zapatillas y me fui a subir las montañas desérticas  y áridas que desde allí afloraban.

Una pareja tirada observando la laguna ( también se lo llama así al desierto), otros subiendo a un montículo pequeño de arena, un carro arenero a lo lejos andando y unas chicas intentando aprender sandboard ( como surf pero en la arena) eran parte del contexto  que decoraban el caluroso paisaje. Al cabo de una media hora ya estaba en la cima de la montaña observando el lejano horizonte que me mostraba aridez . Bajar no fue, claramente, tan duro como subir. En diez minutos, y mucho menos cansada, ya estaba sacándome la arena acumulada en las zapatillas a la orilla de la agradable laguna que sosegadamente transportaba a un hombre en su pequeña canoa. 

Ya no tenía mucho que ver y hacer en ese lugar con lo que decidí continuar viaje.Nazca sería mi próximo destino. Caminé hasta la salida y me puse a hacer dedo, también vi que había motos que iban hasta Ica pero ante la mirada fija y advertencia de una persona del lugar que me aconsejó no subir porque me podían robar, opté por esperar un taxi que pareciera poco más confiable ya que el dedo tampoco estaba funcionando. Al rato paró un auto y el hombre me dijo que iba al centro, me subí, me puse a charlar sobre cosas de la vida y del viaje y a los minutos me dejó en la ruta donde iba a hacer dedo. No me cobró. Agradecida me bajé y me quedé allí un momento. No tenía tantas ganas de hacer dedo con lo que después de esperar y no ver resultados agarré un colectivo. Negocié el precio y me puse a pensar mientras el bus seguía su marcha.  Al par de horas ya estaba en la casa del siguiente couch. Una casa muy humilde que albergaba a una familia con problemas pero con una madre con corazón y mejor intención que el flamante couch.

Unos cuatro días con altibajos fueron los que estuve ahí. Digo altibajos porque fueron sensaciones diferentes y diversas con lindos y malos momentos. Recorrí las ruinas que están cerca de la ciudad, los acueductos, las pirámides y algunas huellas de Nazca ( porque ni loca iba a pagar los ochenta dólares que cobran para verlas en treinta minutos con la avioneta). La madre del anfitrión fue mucho más atenta y humilde que el anfitrión.A la hora ya estábamos de nuevo en su casa y de ahí a la canchita de fútbol que está cerca para jugar al volley. Sí, jugamos al volley, o al menos nos pasamos la pelota en el aire durante un rato, y estuvo divertido.

A los dos días ya estaba en otro lugar. Hacer dedo desde ahí no fue tan complicado aunque claro que no fácil tampoco. Me dejó el taxista, que era familiar de la señora donde me quedé, y no me cobró. De ahí me fui en una combi  una hora más y me bajé, en el medio de la nada, en una ruta donde había un desvío. Esperé unos minutos y frenó un camión que me llevó más de tres horas hasta un pueblo ( mientras escucho una letra que dice "sin dolor no te haces feliz" y reniego porque acabo de perder casi la mitad de lo que había escrito gracias a lo mal que anda internet, lo vieja de mi laptop o la desconexión mía con la tecnología de blogger así que ahora voy a contar todo lo que había escrito de manera más breve y recuerdo que todo, o casi, tiene solución y eso trata de calmarme un poco). De ahí directo a Arequipa, directo es una forma de decir porque el viaje me llevó más de doce horas. Al llegar, me fui al hostel que me había recomendado un conocido y donde supuestamente me iban a alojar pero la persona nunca apareció y me tuve que ir cansada, con sueño, con hambre, con frío y con tres mochilas pesadas a buscar otro hostel. Che Lagarto fue el que encontré, que era el más económico pero no tanto y al que no recomiendo para nada: su atención, su limpieza, la gente que atiende, el ruido y la relación precio-servicio son algunas de las razones.

Allí sólo estuve un día. Era un lugar de paso. Tacna era el próximo destino. Me quedaban siete horas de distancia. Iba a ir a dedo pero no era la mejor opción teniendo en cuenta que salir del centro de la segunda ciudad peruana no era tarea tan fácil, así que decidí irme en colectivo. En el transcurso del camino me encontré a un venezolano que vivía allá desde hacía varios años y que, brevemente, me contó que en ese mismo lugar alguien lo había ayudado, en la terminal, cuando no tenía trabajo ni dinero con lo que estaba devolviendo algo de lo que le  habían dado. Así que me ayudó a llevar las mochilas del colectivo a la estación y a  encontrar la empresa más económica para que viajara, al parecer.

Llegué al destino muy cansada. Esperé unos cuarenta minutos porque mi couch, R, no estaba.Al rato llegó con otra chica que también se iba a alojar en su casa. Ese día fuimos a cenar y después nos mostró algo de la ciudad, aunque no mucho porque estaba muy cansada y con ganas de hacer pis así que al otro día nos hizo el tour a las afueras de la ciudad donde se había llevado a cabo la batalla con los chilenos.Al día siguiente fui con su amigo, S, a una ciudad costera cercana. Caminamos, comimos y sacamos fotos.

Al día siguiente ya me iba para entrar en un país al que nunca  le tuve mucha simpatía por diversas cuestiones. Me puse a hacer dedo al lado de la casa donde estaba pero no funcionó. Fui hasta la terminal y de ahí me tomé el colectivo, carisimo por ser una hora de viaje, algo así como cuatro dólares. Al llegar a Arica caminé con las mochilas, cansada, y empecé a buscar un lugar con wifi para ver si me había respondido el que me iba a hospedar.Ningún mensaje. No sabía donde iba a dormir. Iba de bar en bar, todo caro y la gente poco amable. Empecé a caminar buscando lugar y de repente noté que la gente empezaba a correr y gritaba, estaba histérica, los autos tocaban bocinas. No hice caso y seguí caminando. Pensé que ya se iba a pasar pero como no pasó pregunté que estaba pasando. " Corre, anda para arriba, al cerro, hay alerta de tsunami". En ese momento no entendí nada. Nunca había estado en un lugar, y menos recién llegada, con ese tipo de alerta. Las alarmas de los celulares empezaron a sonar, la sirena también. Ahí fue cuando me empecé a asustar. En mi mente me imaginaba durmiendo en el parque ese a donde todo el mundo iba corriendo. Pero algo pasó en el camino. Cuando iba subiendo me encontré con una pareja ( al principio pensé que era una chica y un chico pero no, eran dos chicas) a las que le comenté que no tenía donde ir y que no sabía qué hacer porque donde iba a preguntar no alojaban. Una de ellas trató de tranquilizarme diciéndome que eso había pasado antes y que al final no era nada. La otra estaba llorando porque su hija estaba en Santiago. El panorama no era muy esclarecedor. Seguí caminando y la que lloraba le dijo a la otra si me podía alojar en su casa por una noche. La otra dudó y después dijo que sí. En el camino me comentó que vivía con sus padres ( ahí pensé en retroceder). Al llegar le preguntó a ellos, y en ese momento, cuando le respondieron " Tu no sabei que no podei traer a nadie que no conocei a la casa", quise que me tragara la tierra pero no era oportuno ese pensamiento en esa situación. Me estaba por ir pero la otra chica me dijo que me quedara. Al final me quedé y no pasó nada. Con cara de poco amigo por parte de sus padres pasé igual. Dormí, costó pero dormí en una habitación con cama doble para mi sola. Mi presunción de la gente se había confirmado a medias.

Al otro día ya estaba haciendo dedo para irme. No quería estar más ahí. Un camión paró después de una media hora y me llevó varias horas. No sabía donde iba a dormir. El paró ahí, en el medio de la nada.Pregunté en un lugar, era más caro que un ojo de la cara. En el otro, eran los únicos dos que había, y me dijeron que no me podían hospedar porque no tenía baño adentro. Les dije que no me importaba eso, que quería descansar y que al otro día me iba temprano.No surgió efecto. La amabilidad brillaba por su ausencia. Me puse a hacer dedo de nuevo y al rato paró un camión, ya era tarde, necesitaba dormir en algún lugar. Me dejó en otro lugar donde no había nada y ahí pregunté en un restaurant. Tenían habitaciones, caras, pero peleé el precio.Ahí se me fue todo el efectivo.

Al día siguiente no me quedaba otra que salir a dedo nuevamente. Le pregunté a un camionero quien enseguida me dijo que me llevaba unos kilómetros, hasta un cruce hacia la frontera. Yo ya me quería ir del país. Al rato de estar en la estación de servicio paró una pareja que iba a San Pedro de Atacama. No dudé y me fui con ellos. En principio iba a ir a Calama, que está antes, pero esta era mejor opción. Al llegar allá empecé a buscar wifi para ver si estaba muy lejos de la frontera El Paso de Atacama pero no encontré en ningún lado sino era consumiendo y estaba sin efectivo y no aceptaban tarjetas. Había alguien con una camiseta argentina a quien le pregunté pero no fue de mucha ayuda. Así que decidí seguir caminando y pararon dos camiones. Eran paraguayos. En un rato oscurecía. Me subí y el viaje se hizo muy largo porque en la frontera demoramos mucho. El tipo me había dicho que no avisara que iba con el porque tenía que completar un papel. Pero al final no quedó otra y tampoco no me gusta mentir. Cuando el chileno me preguntó con quien viajaba él se hizo el sota y no respondió. Después tuvo que pagar un impuesto por ingresar al país con celular nuevo. Todo se demoró. Llegué a Argentina alrededor de las nueve de la noche, sin lugar donde dormir, para variar. No me preocupé tanto porque estaba en mi país, pensé erróneamente. No podía creer después de quince meses que había llegado. Fue una sensación extraña porque no sentí la hospitalidad que esperaba cuando quise quedarme en un lugar y pagar al día siguiente me dijeron que no. En otro lugar que pregunté, después de dudar y relojearme mucho, me dijeron que sí. Tenía cincuenta pesos y costaba cien. Así que no muy contenta me quedé porque no tenía otra alternativa. Al otro día fui al cajero y le pagué.

Susque es un pequeño pueblo al norte de Jujuy y a unas dos horas de la frontera. Sus calles son de tierra y no es un lugar muy turístico. Su gente no se caracteriza por la hospitalidad. La ciudad más cercana es Purnamarca, donde ya había estado antes y próximo destino de paso a donde fui con un taxista que no me cobró porque estuve esperando casi una hora a la orilla del pueblo y era dedo no remis. De ahí seguí bajando pero eso queda para otro post. Ya volví. No se hasta cuando porque ya llevo dos meses  y ya tengo ganas de seguir viajando. Ya me pica el bichito pero también estoy escribiendo el libro. Sí, esto no queda acá nomas. Me falta aún recorrer mi país y me queda mucho mundo por ver, saborear, fotografiar, conocer y aprender.

La vuelta, aunque decir esta palabra significaría volver de forma permanente y creo que en la vida lo único que permanece es el cambio, quizás no es lo que me esperaba, o sí, a veces las cosas  no suceden como unas las planea, a veces mejor, otras peor. Las expectativas, aprendí, no son buenas. Pero hay cosas que no cambian nunca. Volver, de alguna manera, es volver a ver aquello que dejaste pero, quizás, de otro modo, con otros ojos, con otra mirada. Aprendí mucho en este viaje. Hubo mucha gente que me ayudó y a la que le agradezco. Hay gente buena y mala en todo el mundo.  Pasé momentos feos también, menos, pero eso es parte del viaje. Viajar te permite pensar de otro modo no sólo desde tu lado sino también desde el otro y sobre todo viajar hace que quieras seguir viajando y nunca dejar de hacerlo.



¿Por qué??

No recuerdo como continúa pero me gustó en ese momento que la saqué









En la pirámides de Nazca.


Batalla de Tacna



Eso comí con el couch en Tacna.
Jeroglífico  





Salina que está antes de llegar a Purnamarca, sacada desde el auto.


Pasando la salina.

En el desierto...

A las afueras de Tacna

Siempre hay que cruzar un puente












martes, 10 de noviembre de 2015

Cómo desarrollar la paciencia, léase resistencia, y no morir en el intento: meditación Vipassana



En los últimos diez días la palabra que más he escuchado hasta el cansancio fue “ecuanimidad”. También oí otra: “anitcha” y una frase: “Bhavatu Sabba Mangalam”, que simbolizan impermanencia y que todos los seres sean felices, respectivamente. Dhamma, que es iluminación, verdad, es una palabra muy importante y, del mismo modo, me tocó oírla más de una vez. Me quedó claro que significaba.

Creo que a lo largo de mi vida, o en los últimos años, he desarrollado una cualidad que sabía que tenía pero no tan enraizada. La resistencia o el seguir luchando, intentando ante la falta de respuesta o resultados. Eso me pasó durante diez días. En realidad fueron doce pero diez fueron interminables, eternos y abominables días. Aunque todo no fue detestable ni ominoso pero por momentos parece haberse sido. No se trata de ninguna práctica ilegal, ni secta, ni rito, ni concentración del ejército ni cárcel. Meditación Vipassana está lejos de eso en cuanto al concepto real aunque en la práctica, al terminar cada día luego de una ardua y más que extensa jornada, el cuerpo transmite señales que indican que no está muy lejos de una de ellas.

La jornada diaria comienza a las cuatro de la mañana cuando simpáticamente te despiertan con el gong, que es una campana, haciéndolo  sonar varias veces por si te quedás dormida, y finaliza a las nueve de la noche luego de trece largas horas de meditación, interrumpidas por algunos recesos en el medio.
Había decidido ver, indagar y conocer este tipo de meditación cuando estuve en Cancún, hace poco más de un mes, donde había conocido una canadiense que me había dicho que la quería hacer. En ese momento busqué información y me pareció interesante, sin conocer mucho del tema. Sin embargo, el centro más cercano estaba a unas 22 horas de viaje de donde allá y ya había estado en ese lugar, Oaxaca, con lo que decidí que ese no era el momento adecuado para realizarla y que ya la haría cuando estuviera en Argentina. Y así fue.

Creo que conté los días, horas, minutos y segundos desde el primer día que llegué hasta el día en que me fui. Fueron doce días eternos. El primero, el miércoles, fue de bienvenida y “conocimiento” del lugar y lo escribo así porque nadie me mostró nada sino que lo descubrí, de algún modo, por mí misma. Ya cuando llegamos, me había encontrado con unas chicas en Brandsen y compartimos el remis, empezamos mal porque nos fuimos directamente  a los dormitorios. Creo que eso ya fue una señal, que no vi, que me indicaría como sería la estancia en el apacible lugar.

Entre cincuenta y sesenta personas terminaron el bendito curso, pero en el transcurso se escaparon algunos, varios. Cuatro mujeres y tres hombres no soportaron, por alguna no muy extraña razón, los horarios y estructura del mismo y abandonaron ante la insistencia de la gerente que no pude hacer nada para detenerlos.
La mayoría de los voluntarios, servidores, así se llama a los que ayudan en diferentes áreas sin percibir remuneración económica, y hasta el profesor eran extranjeros: polacos, estadounidense, chilenos (sobraban) y brasilero respectivamente. Argentino había uno solo y era parte del staff permanente del centro.

Sobre las reglas 

Lo primero que tenes que tener en claro cuando vas a un lugar como estos es que existen reglas y que, básicamente, hay que cumplirlas. Sin embargo, porque las reglas también están para romperlas, al segundo día ya intercambié alguna palabra con una chica que no paraba de hablarme y parecía más molesta y estresada que yo. Lo que no podés es tener contacto físico con otra persona, ya sea del mismo género o no. No podés tocar, abrazar o besar a otro ni hablar, aunque sí con el profesor y  la gerente para realizar consultas. Tenés que firmar un formulario donde decís que te comprometes, durante ese periodo, a no tener actividad sexual inadecuada, no matar ningún servir vivo, no robar, no mentir y abstenerse de tomar intoxicantes.

Sobre el lugar

El centro está a unos diez kilómetros de Brandsen, que  está a dos horas de capital. Para llegar allá se puede ir en tren desde Constitución, tomar el tren hasta Khorn y de ahí remis, que fue lo que yo hice. También hay un colectivo que te deja en la ruta y  hay que caminar 1, 7 kilómetros. El lugar en sí es tranquilo. Sería malo que no lo fuera. No quiero decir con esto que es lo mejor del sitio pero sí es lo que más destaco porque de no ser así no hubiera aguantado dos días.
Cuando entrás lo primero que ves es campo. En el folleto explicativo que mandaron por mail decía que en la entrada había una rueda blanca pero nunca la ví, ni al entrar ni al salir. El verde se expande a lo largo y ancho hasta dar con un comedor, la cocina y un baño de voluntarios, una sala amplia donde se medita, los dormitorios y la casa del profesor, un poco más atrás de estos. Todo está segregado, separado para mujeres y hombres: el comedor, los dormitorios, los baños y la sala de meditación. El césped está lo suficientemente diseñado y cuidado como delimitado por zonas donde se puede y no caminar.
Sobre mí y mi relación con la meditación
Desde el primer día ya tenía más dudas y preguntas que certezas y respuestas. Lo que sí tenía claro era que no me iba a poder concentrar tanto, por no decir nada. Y así fue. ¿Me servirá de algo esto? ¿Qué estoy haciendo acá? ¿La gente se puede concentrar? ¿No se aburren tanto tiempo con los ojos cerrados y  sentados de esa manera?¿No les duele la espalda?¿Realmente están concentrados o disimulan?¿ Para qué vine? Fueron algunas de las tantas preguntas que me formulé a lo largo de estos extensos días. Si puedo afirmar que si me quedé hasta el final del curso fue para contarlo, para saber realmente cómo era la experiencia y poder transmitirlo, sabiendo aún que no me iba a concentrar, aunque quisiera. Ya fui con muchas cosas en la cabeza y por resolver.
Durante la estadía, mi falta de concentración hizo que mi mente no parara de descansar y me mandara fotos y reportes que nunca le pedí. También me armaba películas e historias insólitas y de las que quería evadir, pero me hacía pensar en lo que se le daba la reverenda ganas a ella sin precisamente hacer lo que tenía que hacer, que era sentir la respiración, en la primera parte, y  sensaciones en cuerpo, en la segunda.
Había ido antes a algunos lugares a hacer yoga  donde después tenía una breve meditación de unos treinta minutos o algún centro donde hacían pero no más de una hora, pero esto fue como mucho unas tres veces. Esa había sido toda mi experiencia con la meditación, hasta ahora. Creo que ya puedo tacharla de mi lista de “Cosas para hacer antes de ser vieja”.

Sobre la comida
Como era esperado, carne de vaca o pollo no iba a encontrar, claro está. Verduras como lechuga, tomates, espinacas y remolacha se exponían diariamente en la mesa del comedor para que recogiéramos cuanto se pudiera y cuanto quedara ya que se podía repetir. Sopas de calabaza o acelga, que nunca fueron de mi agrado, también había todos los días al igual que arroz integral.  Cada día variaba la comida. Arroz, fideos con salsa de tomate, papa rellena, soufflé de verduras, polenta, pizza de varios sabores fueron algunas de las variedades que comí. Los postres, también veganos, nunca faltaban. La mayoría de ellos no tenían un aspecto demasiado interesante y menos aún sabroso para mí que soy carnívora pero si escuché comentarios al estilo “que rica está la comida” que no compartía pero en algunos casos hubo excepciones.

Algunas cuestiones básicas para entender un poco más sobre la práctica

 ¿Qué es Vipassana?
En la lengua Pali,  que es la que se hablaba en la época del Buda en la India, “passana” significa ver las cosas corrientes, con los ojos abiertos. “Vipassana” significa observar las cosas tal y como son, no como parecen ser. El concepto más práctico de la práctica, valga la redundancia, es penetrar a través de la verdad hasta llegar a la verdad última de la estructura mental y física. Al experimentar esta verdad (¿cómo sabemos que verdad?), aprendemos a dejar de reaccionar, a dejar de generar contaminaciones y las contaminaciones antiguas, o sankaras, van desapareciendo. Según esta doctrina, de esta manera nos liberamos de la desdicha y experimentamos la felicidad autentica.

¿Y cómo se practica? 
Esa es la parte más compleja y complicada, como en todas las cosas, porque la teoría es linda pero hay que ponerse a trabajar y duro porque de lo contrario no sirve de nada y a veces trabajando tampoco sirve pero hay que intentarlo.

¿Para qué sirve?

Según S. N Goenka, el maestro de esta meditación a quien se lo escuchó con un curso grabado, algunos de los beneficios que esta práctica tiene son: purificar la mente, librarla de toda impureza del pasado y presente; no reaccionar intempestivamente ante algo que no nos gusta o que esperábamos otra cosa; sanar enfermedades sicosomáticas, estar más tranquila y en paz con una misma y con el resto, entre otros.

¿Quiénes la pueden practicar? 

Cualquier persona que no padezca una enfermedad mental aguda o física ( porque de lo contrario es imposible estar meditando durante trece horas). No se aconseja a quienes sufren algún trastorno, por razones obvias ni tampoco es sustituto de fármacos o medicina natural.

¿Tiene algún costo?

No, se mantienen de donaciones que dan los estudiantes nuevos y los antiguos. Tampoco tienen gasto de personal ya que todas las personas que cocinan, se encargan del mantenimiento, limpian, o de la promoción son voluntarios o servidores que se integran al lugar mediante solicitud previa.

Estudiantes escuchando palabras finales del curso en el comedor 
Foto: Dhama Sukhada


Casa de los profesores       
   Foto: Dhama Sukhada
                                                                           
Dormitorio de mujeres  
 Foto: Dhama Sukhada
                                                               
Sala de meditación
   Foto: Dhama Sukhada


 Página web.de El famoso gong.
Foto: Dhama Sukhada





jueves, 22 de octubre de 2015

Siempre se vuelve...pero no del todo ( Primera parte)


Es difícil volver a juntar ideas y escritura y más después de un tiempo bastante largo en que no se ha hecho. No me olvidé y tenía muchas ganas pero a veces pasan cosas. Estuve mucho tiempo sin internet y también con el cargador de la notebook roto. Es complicado sentarme frente a la computadora con tantas cosas que han pasado durante este tiempo y más aún si escribo contando mi vuelta. Si, ya estoy cerca de casa, ya estoy en Argentina. Aunque decir casa es una palabra estática,  poco flexible y no se aplica a la realidad, a mi realidad. Entonces digo que vuelvo, aunque aún no estoy en el punto de partida de este viaje que lleva más de quince meses. Siempre que una se va termina volviendo.

La realidad es que tengo un sinfín de sentimientos encontrados y no se por donde empezar para canalizar. Incertidumbre es el primero que se me viene la cabeza. Pero no es el único. Podría enumerar muchos, aunque no se si tiene sentido.

Y mientras me motivo escuchando "Te para tres", Ceratti me dice que no hay nada mejor que casa. Aunque aún tengo que saber el significado de esa palabra. En estos meses he tenido varias casas durante un corto período de tiempo, algunas más cómodas y amenas que otras pero casas al fin.

Como decía, tengo miles de sensaciones. Algunas no se si puedo o quiero descifrar. Son sensaciones raras, de alegría por estar en mi país, por un lado, e incógnita por otro. Hay lugares de los que no me podía ir, por algún motivo, pero sabía que tenía que hacerlo. Es como querer pero no querer al mismo tiempo.  Me ha pasado hace mucho tiempo y hace no tanto. Razones habrá.

"...Ama la libertad, siempre la llevaras dentro del corazón, te pueden corromper, te puedes olvidar pero ella siempre está...", mientras escucho esta canción recuerdo cada momento del viaje y como si fuese hecha para mí.

Un conjunto de sensaciones, emociones; una montaña rusa de conflictos; la mente que no se lleva bien con el corazón. Nunca se llevaron de acuerdo. Siempre hubo una pelea entre ellos. No se quien ganó, o gana,  pero nunca se llevaron bien. 

Es difícil sentirte identificada con el lugar a donde volvés, temporalmente, porque siempre que una viaja sabe que en un momento tiene que partir nuevamente. Es difícil tener un lugar, una casa. Un espacio de pertenencia y mucho más definitivo, esa palabra no está en mi diccionario. Lo mismo que "siempre", nunca supe bien que significaba porque nunca la apliqué. Es difícil acoplarte a la "nueva vieja vida" porque son trapos viejos que quedaron desparramados en un camino que ya recorriste y por el cual no querés volver a pasar. .Antes de volver, vas recordando los momentos inolvidables, las experiencias vividas, personas que no se olvidan y te vas preguntando si hace mucho qué pasó.

Antes de tomarme el avión desde Cancún, para volver, no sabía cuál iba a ser mi destino. En un principio el elegido era San Pablo, porque nunca había estado,  porque no me quedaba tan lejos y porque era el más económico. Pero cuando intenté sacar la visa ESTA, la visa que sacan los que tienen pasaporte europeo, porque necesitaba ir a Miami si o sí con un vuelo low cost, el sistema no me la hizo fácil, se me colgó, no sólo una sino dos veces y ya mi paciencia y tiempo  me dijeron que no insista. A partir de ahí entré en una especie de estrés. Todos los vuelos que veía y  recontra  veía eran caros y eran a Bogotá,  el más económico pero no me interesaba, a Centroamérica o a Lima. Al final, y después de estresarme varios días en busca de buenos precios y cercanía, opté por este último destino.  

Desde el momento que saqué el pasaje al instante en que subí al avión de regreso pasó un día. Fue corto, cortísimo, muy distinto a cuando estuve tratando de decidir para abaratar costos. El vuelo duró poco, unas cuatro horas, la hora prevista era a las 16 horas pero salió 15 minutos más tarde. En México todo siempre pasa más tarde de la hora que te dicen, incluso cuando te tenés que tomar una avión. Llegué a Bogotá  a alrededor de las 20 hs, que era el aeropuerto de tránsito, y allá tuve que esperar muuuchas horas, que se hicieron eternas. A las 3 am salió el otro vuelo, desayuno de por medio, con destino a Lima y se hizo más corto.

Ya había estado en Lima antes y la verdad es que no estaba tan motivada en volver y tampoco me había gustado tanto la capital peruana. Nunca me gustó repetir un destino. Siempre pensé, y lo sigo haciendo aunque alguna ciudad ya he repetido, que ese mismo tiempo y dinero lo podía aprovechar en conocer otro lugar.

Llegué alrededor de las 7 de la mañana de un viernes nublado. Hacía frío y estaba con sueño, lo primero que intenté hacer fue conectarme a internet. El aeropuerto sólo ofrecía de manera gratuita unos 30 minutos que en realidad eran 10 o 15 porque estaba super lento y cuando entrabas a una página ya se cortaba. Tenía dos contactos: uno que me había pasado  un conocido y que, de concretar, me esperaría hasta las 8 y 30 de la mañana, a donde no llegaba y tenía que avisar que no iba, y otro, que también me pasó el contacto la misma persona, que me había dado una dirección donde dormir esa noche. Busqué y al cabo de insistir con otro código para entrar a internet, dí con la dirección. Empecé a buscar maneras baratas para llegar al centro. Nadie sabía nada o tenían poco ánimos de informar, tal como me pasó cuando fui a preguntar a Información. La que atendió me dijo que no sabía, entonces después llamé, desde ahí mismo, a otro sector quien me dijo que sí había un bus directo pero que tardaba más de una hora y tenía que ir hasta la avenida, que no estaba tan cerca de ahí, a tomarlo. Para ese entonces me había encontrado un chileno, sí un chileno y poco simpático para variar,  que también tenía que ir a la misma zona. Después de unos minutos, aunque poco convencida, decido compartir el taxi con esta persona.

El se sienta en el asiento de adelante sin preguntar. El trayecto, que llevó alrededor de una hora, estuvo dominado por el silencio, con alguna charla insignificante en el medio. El se bajó apenas el taxi llegó al barrio de Miraflores pero yo tuve que llamar a la persona de contacto, que estaba durmiendo, para preguntarle donde era porque me había dado mal el número de la casa. Al cabo de unos cuantos minutos llegamos al lugar, el taxista ya estaba furioso y yo más. Bajó las mochilas y me quizo cobrar 5 soles más, casi 2 dólares, por "dar tantas vueltas". Obviamente que no se los pagué. Le dije que el me había dicho que sabía el lugar al momento de tomar el taxi, siempre dicen eso y nunca saben, y que eso no es argumento justo para cobrar más de la cuenta. El tipo insistía en que le tenía que pagar más y yo en que no. Además de eso, no tenía cambio. Lima no me había recibido del todo bien, eso sumado al mal clima que es habitual. Al cabo de un rato se da por vencido. La señora que me recibía, sin putearlo, le dijo que era un avivado y qué cómo me iba a cobrar demás. Ella tampoco terminaría siendo tan santa...

Entré al lugar, subí las mochilas. Era una casa vieja, amarilla y despintada. Se entraba por una puerta de madera, vieja, que no tenía llave, por la que podía saltar si quería. Un pequeño patio hacía de pasarela hacia la puerta principal de la casa, que también estaba desgastada. Mi temporal morada sería en el piso de arriba, con lo que subí la escalera y la señora me mostró la habitación. Mi primera impresión no fue la mejor: estaba vieja, con un televisor muy pequeño, (que nunca utilizo) una ventana grande y con la cortina caída, una cama de dos plazas con frazada y sábanas viejas, una cómoda también vieja de madera rústica que contenía en unos de sus cajones colillas de cigarros. El ventilador estaba de adorno, nunca supe si funcionaba, y el olor a humedad inundaba. Estuve un día. Creo que más no hubiese aguantado, ni a la dueña. Pero lo peor de todo era que no tenía cocina y también el baño que estaba en el patio y era compartido, aunque eso lo hubiera tolerado más que no poder cocinarme o calentar agua en el momento que quisiera.

"Lucía sabe, preguntale a ella", me respondía la anciana dueña del hostal/hospedaje cada vez que le preguntaba algo relacionado a internet, como por ejemplo la contraseña. Lucía es una chica argentina que vivía ahí y ella asociaba que porque éramos del mismo país podía resolver todas mis dudas/preguntas/interrogantes/reclamos. Pero no fue así. Al cabo de unas horas de estar allá, y de ducha y mini descanso, la conocí. Le habían rechazado el ingreso en Bogotá, porque probablemente no le cayó bien a la de migraciones y no le permitió el paso y por eso estaba allí, en Lima y en ese lugar.
La habitación costaba 10 soles, es decir 3, 5 dólares, o sea muy barata. Estaba sola, aunque al lado de la habitación de esta chica pero sola al fin y con cama doble, a pesar de todo lo que mencioné antes.

Ese día fue largo. Salí a comer y lo mejor que encontré fue una hamburguesa, papas fritas y gaseosa a unas cuadras de allí. El barrio Miraflores es uno de los más elegantes y costosos de la capital peruana. Pero la comida y la gente no eran tan elegantes. Comida chatarra o rápida por doquier y gente que no saluda abundaban por todas partes. Aunque eso no me importaba. Me importaba más estar cómoda en un lugar, aunque sabía que al otro día ya no estaría allí. Por eso me puse a buscar couch y enseguida me respondieron. Un chico que vivía con su madre, J, me dijo que sí me podía hospedar. Le solicité 2 días y eso fue lo que me quedé. En esos 2 días hicimos muchísimas cosas. Conocí otros rincones de la capital que antes no había visto. No me arrepentí de haber ido por segunda vez, en general no me arrepiento de nada, porque inspeccioné otros aspectos y probé otras comidas que antes no.

Al día siguiente quedamos en la plaza y nos encontramos ahí. Me estaba esperando con un montón de preguntas y con una sonrisa. Al cabo de responder algunas de sus dudas, caminamos en busca del bus. Unos minutos que se hicieron más largos de los que realmente fueron tomó el llegar a la parada del colectivo que no nos llevaría directo a su casa pero si hasta una calle y de ahí al taxi que sí nos dejaría en la casa. Su madre no estaba pero llegó al rato. Una señora bastante seria y de unos 46 años ingresó a la casa y, saludando muy por encima, se fué a la habitación. Unas horas después hizo la cena, no recuerdo bien pero fue algo con pollo. Y un rato después, de  probar el mate, que ella se negó de manera repulsiva y contundente a probar,  estaba durmiendo sobre un colchón inflable.

El sábado fue día de hacer cosas: paseo por el centro de la ciudad, degustación de comidas que antes no había probado, subida al cerro para ver la ciudad, ida al parque de las luces de agua, caminatas. Fué un día completo. Caminamos, vimos y probamos sabores. Al final del día ya estaba muy cansada pero había valido la pena.

Al día siguiente ya cambiaba de lugar. Paracas era el destino y unas siete horas me separaban. Me tomé un colectivo hasta un puente, que no recuerdo el nombre, y de ahí me quedé esperando un rato hasta que alguna amable persona frene con su vehículo. Al cabo de un rato, frena un camión. Iba a otro otro lugar pero me dejaba a una hora de mis destino.  Allá me estaría esperando un couch. Me deja en un pueblo feo, San Clemente, a unos minutos de Pisco. A los minutos frenó una moto que hacía de taxi y me dijo que me vaya de ese lugar porque era peligroso. Ante esa recomendación le hice caso. Me dejó a unos cincuenta metros de ahí. Espero un ratito y decido tomarme un taxi hasta Pisco, porque de ahí no iba directo. Cuando llegué me encontré con un colombiano, que también iba a Paracas, hablamos un poco y compartimos el taxi. Al llegar, él buscó alojamiento y yo me quedé en el negocio del couch, que alquilaba motos, y también administraba un hostel. Me sorprendió saber que la habitación donde dormiría era la guardería del lugar y una cama cucheta donde dormía él con el hermano. Allí estuve solo una noche. El durmió en otro lugar, claro.

A veces ir a una casa de couchsurfing es el lugar soñado y otras lo detesto. Hay gente que piensa que porque aloja a alguien tiene otros derechos y no es así, obviamente. Con esta persona puntualmente me pasó lo segundo. Sin propasarse o intentar algo directamente, trató, con palabras de hacerme creer algo que no iba a pasar.

Acá estaba antes de salir de Cancún.

Desierto de Huachachina, Perú.


Volviendo...



Nazca.






lunes, 24 de agosto de 2015

Sobre el verbo "dejar" mientras viajo


Leyendo diferentes cosas, publicaciones, viendo vídeos en TED y divagando en la inmensidad e inconmensurabilidad de internet  me encontré con uno de esos textos interesantes, porque es poco lo que se ve de interesante por internet. llamado "Escribir sin pensar" y que está basado en el libro "El gozo de escribir" de Natalia Goldbler.

Esto me pasa muy seguido, diría todo el tiempo,  perderme en el vacío de internet y, de vez en cuando, encontrar algo valioso. Hoy quiero hablar de un palabra, de un concepto, de una idea que me pasa cuando viajo. Que me pasa ahora.

Me llamó la atención algunos de los items que esta persona enumeraba, que contaba en este resumen. Leí algunos pero uno de ellos, aunque me pareció simple, no deja de ser interesante y sumamente aportativo (creo que acabo de inventar esta palabra) me gustó más para este momento.

La sugerencia que me gustó, me atrapó, me motivó a escribir fue: "Escribe sobre el dejar. Un divorcio, dejar un trabajo, etc". Decía su consejo y fué así que leyendo esto me pareció bien que hablar sobre el dejar sería bueno, y más ahora que llevo más de un año viajando.

Escribí en google para ver qué me decía sobre el concepto "dejar" y encontré esto:

1."Poner o colocar a una cosa en el lugar o de la manera que se desea, le corresponde o le conviene".

2. "Separarse o alejarse de una persona o cosa, temporal o definitivamente".

Y no da más posibles significados. Pero yo sí le encuentro  muchos más.


Foto de: snapwidget.com

Creo que el verbo "dejar" me persigue o yo lo persigo a él desde casi trece meses, fecha en que salí de Buenos Aires. Dejar, por unos meses, de ver a mi familia, a mi perra, a amigas, a parientes.

Dejar de dormir en la misma cama por un tiempo indefinido e incontrolado.

Dejar de ver los días similares o muy parecidos para pasar a ver la rutina del viajar. Dejar de soñar en viajar para viajar.

Dejar de bloquearme mentalmente  a la hora de empezar a escribir un texto para la maestría en Periodismo para bloquearme al momento de escribir un post sobre algo que me pasa mientras viajo.

Dejar, dejar, dejar. Puedo hablar de muchos "dejares". Como cuando dejo una casa donde me alojan y me estreso en encontrar otra por otros dos o tres días sabiendo que se repetirá el procedimiento anterior.

Entonces en el dejar están enmarcados diferentes significados y acciones al mismo tiempo. Y por eso mismo me llamó la atención ese verbo. Porque todo el tiempo estamos dejando, desde el momento que nos levantamos, cuando dejamos la cama hasta cuando nos volvemos a dormir.

Me hace acordar a otro verbo al cual asocio: decidir. Son casi sinónimos, de algún modo. Porque cuando decidís dejás de lado una cosa por otra.

Si alguien me preguntara en estos momentos que quisiera dejar para no llevar más, lo primero que se me viene a la mente son las mochilas. El peso de todos estos meses, y eso que regalé ropa y  libros, se ha notado mucho y sobre todo en mi espalda que me pasa facturas  permanentemente.

 Por el contrario, si quisieran saber que no quiero dejar, diría  los recuerdos, momentos y las experiencias vividas del viaje. Hablo de los buenos, que son muchos. No quiero dejar de recordar las anécdotas como cuando estuve enseñando inglés en la selva de Guatemala como voluntaria o de haber hablado más de tres horas italiano con dos chicos que eran pareja y que me trajeron a la vuelta de Chichen Itzá cuando estaba haciendo dedo a la salida de las ruinas.

 Foto de Pinterest: Francisca Araya Orellana  


Foto de Pinterest


Me resulta más fácil, más "flow", esta palabra está de moda y significa "dejarse llevar", escribir sobre conceptos, ideas, sentimientos encontrados que tengo,  que sobre relatos, diarios de viaje o consejos típicos . Dejarse llevar son dos palabras que me parecen opuestas si tenemos en cuenta el significado por separado de cada una de ellas. Dejar es separarse y llevar es mover, traer.  Entonces son antónimos,  las dos palabras juntas significan,  desde mi percepción, ir con la corriente, no pensar tanto,  Y eso es lo que no me pasa.

No me pasa porque siempre estoy pensando, analizando, viendo situaciones y decidiendo, el viaje en sí te lleva a eso. Pensar cuál va a hacer tu próximo paso.Y "dejarse llevar" es todo lo contrario, es que el río te lleve, es ir al compás de una canción que te gusta y que te relaja y que no te das cuenta cuando termina. Es no decidir sino que algo decida por vos. Es entregarse. Es conceder tu tiempo y tu cuerpo al universo. Y eso no me pasa. "Dejarse llevar" son dos palabras contradictorias.


Foto de Pinterest: Agus Gonzalez


Últimamente, más precisamente ayer, dejé un hostal donde hacía un intercambio: alojamiento y desayuno por trabajo de recepción. Sentí que lo dejé y así fue literalmente. Sentí que estaba haciendo algo que no quería, me sentía obligada a levantarme temprano y cumplir varias horas diarias, en la cual también podría escribir, pero no eran mías totalmente. No me sentía libre.

Creo que me identifico más con el dejar que con el opuesto. Experiencias, anécdotas, algún aprendizaje en estos meses de viajes. Sí, claramente me identifico con el verbo "dejar".  No hablo de dejar en el sentido de abandonar. No. Dejar algo. Momentáneamente. ¿ O a alguien? ¿A quien? Nadie nos pertenece ni yo le pertenezco a nadie, sólo podemos elegir. Mi naturaleza  inconformista y "seguí para adelante" me lo recuerda a diario.

 No por eso no dejo de pensar tampoco en que podría estar en ese otro lugar con esa gente, mi gente. Pero después recuerdo que estoy acá porque fue mi elección y que no tengo nada que reprocharme o culparme. Que nadie me debe nada ni yo le debo a nadie.

Y entonces viene otra expresión "dejar de ser". No quiero dejar de ser quien soy para complacer. Sí puedo ayudar, si así lo creo y me hace sentir mejor lo haré.

Tampoco dejo de pensar en cosas que me preocupan  y que tengo guardadas.

Si es algo que quiero dejar de hacer es de distraerme. Dejar de desconcentrarme para concentrarme en una sola cosa. Sí, me cuesta mucho eso pero lo voy a lograr.

A veces me pregunto cómo hacer para estar más inspirada pero es ahí justo cuando decido investigar en internet y pierdo, sobre todo, la concentración.  Dejar de divagar sería la expresión.

Y si hablo de algo que me cuesta es de esto: Dejar ir. Encontré en pinterest un cuadro que me gustó y sistematiza, de alguna manera, lo que me pasa:




Foto de: en drogas-no-gracias.com.


Cortar, terminar, soltar, decir adiós, finalizar, liberar-se, desatar-se. Que lindo pero que complicado. Es cuestión de dejar de pensar y hacer.